LA TRANSMUTACIÓN MATERIAL Y ESPIRITUAL
Textos de Lucien Gerardin
“El que estudia la ciencia debe, en primer lugar, amar a Dios y a los hombres, ser sobrio, desinteresado, rechazar la mentira, cualquier fraude, cualquier mala acción, cualquier sentimiento de envidia, ser, por último, un sincero y fiel hijo de la santa, consustancial y coeterna Trinidad. El que no posea estas hermosas cualidades, apreciadas por Dios, o no se esfuerce en poseerlas, se engañará a sí mismo; queriendo alcanzar las cosas inaccesibles, no hará más que perjudicarse a sí mismo.” Un alquimista griego del siglo IV de nuestra era, cuyo nombre desconocemos, nos ha legado estos preceptos. Los siglos posteriores los recogieron. Veamos dos ejemplos, entre muchos.
“Aquel a quien el secreto del arte le es dado por la gracia, es amado por Dios [...] Movidos por una avaricia tenaz y por amor al oro, algunos se esfuerzan en subir los grados del Magisterio, ignorando los principios del Arte”, señala en el siglo XIV, Ramón Llull (o, mejor dicho el discípulo que escribió el Codicille alchimique).
Pasemos a los años 1900 y abramos Le Grand Oeuvre de Grillot de Givry. En él, doce citas de alquimistas sirven de pretexto a doce cortas pero densas meditaciones. El autor está convencido de la realidad material de la alquimia; veamos cual es la clave:
“No obtendrás la Piedra filosofal hasta que no seas perfecto. Y nunca serás perfecto si buscas la Piedra por las riquezas que la acompañan. Así, cuando poseas la Piedra tendrás, fatalmente, por tu misma perfección, un soberano desprecio por las ventajas materiales que te prodigará”.
Estas condiciones morales exigidas a un investigador son lógicas. La ciencia positivista y abstracta del siglo XIX había creído su deber guardar en el rincón de los accesorios fuera de uso estas inútiles ideas medievales. El prodigioso desarrollo cuantitativo de la investigación que resultó de la Segunda Guerra Mundial muestra claramente que “Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”. Bombas nucleares, armas balísticas, virus o gases mortales y armas cada día más perfeccionadas nos lo demuestran. Nos tranquilizamos cerrando los ojos y volviendo la cabeza hacia otro lado. Más valdría que osáramos mirar de frente y que nos decidiéramos a reemplazar estos esfuerzos de muerte, por investigaciones sobre la vida.
Algunos comentaristas modernos del pensamiento alquímico, sin haber comprendido el buen sentido de estas ideas, han creído que la exigencia de estas condiciones morales era lo esencial. Algunos han llegado a negar completamente la realidad física de la alquimia. Han tomado esta falsa dirección, al confundir alquimia con Arte Real. No es, pues, inútil decir unas pocas palabras sobre este último, a fin de aclarar el malentendido.
El Arte Real une de forma inextricable la transmutación física de los metales vulgares en oro y la transformación espiritual de los experimentadores en adeptos regenerados, reunidos con la Divinidad. Este extraño brote del viejo árbol alquímico surge en tierra germánica, en el siglo XVII. Quizá los orígenes sean más lejanos. En los sombríos monasterios de la Edad Media, había monjes que confundían lenguaje alquímico y dogmas religiosos. En este sentido, el siglo XV nos ha legado el Libro de la Aurora naciente y el Libro de la Muy Santa Trinidad. Sus autores anónimos habían leído en la Biblia este paralelismo entre la purificación de la plata por copelación y la resistencia de los malvados a corregirse:
El fuego es tan ardiente que quema el fuelle de la fragua,
El plomo desaparece por el fuego.
Pero en vano se purifica, se purifica;
Los malvados no se apartan.
Dícese ¿plata para echar a los escombros?
Yahvé echará a los malvados con los desperdicios.
Jeremías, VI, 29-30

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