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EL ARTE REAL
Labrando la Piera en Bruto...

Categoría: ARTE ALQUÍMICO

15/04/2008 GMT 5

PARACELSO Y EL ARTE REAL

demolay @ 00:19
paracelso.jpg

Paracelso es el padre del Arte Real y es, en la medicina, lo que Lutero en el cristianismo. Pródigo generador de ideas, Paracelso resulta ser también un escritor prolífico cuyos textos, tan diversos como abundantes, impiden encontrar líneas genéricas para redactar una regla de los principios del Arte Real. Sumido en un mar de papeles, los tratadistas paracélsicos encuentran un texto fundamental: "La Luz de la Naturaleza está en nosotros y esta Luz es Dios". In Nobis Regnat Ile...

 Paracelso vio la luz de su vida en Leipzig y estudió en Basilea. Se graduó en medicina a los 28 años y trabajó como médico en Hamburgo. Murió en Dresde en la mayor miseria. Se hizo famoso por muchas razones, pero su obra relevante es El Anfiteatro Cristiano Kabalístico, Divino Mágico, Fisicoquímico, Ter Tri Uno Católico de la Eterna Sabiduría única verdadera. (¡Vaya nombre!) obra publicada poco despúes de su muerte y seguramente escrita alrededor de 1598. ¿De qué trata?

Esencialmente consiste de un comentario de 365 versos de la Sagrada Escritura, uno para cada día del año. Sus fuentes son las obras atribuidas al Rey Salomón (Proverbios, Sabiduría, Eclesiastés) y los versos están agrupados para formar los peldaños de la escalera mística de los sabios. En el exto escalón, Khunrath toma como pretexto el versículo 294 para explicar el enfático título del libro:

“El mismo me ha dado la Verdadera Ciencia de las Cosas que existen, para que yo sepa la disposición de la Orbe de las Tierras y las Virtudes de los Elementos”.

Agrega:

“La TEOSOFIA es la Teología en el ternario (es decir, bíblica, macro y microcósmicamente) Católica, Maravillosa, de JEHOVÁ el Admirable. La FÍSICA es la cognición y el trato de uno y otro Mundo, es decir el Mayor entero y el Menor (según el Cuerpo y el Espíritu que ha recibido del Macrocosmos) por la Tradición, la Naturaleza y el Arte, universalmente, por y en la Sacrosanta Escritura, la Piedra de los Filósofos y nosotros mismos. La FISICOMEDICINA es el arte de conocer el gran libro de la Naturaleza (macro y microcósmicamente); a fin de que puedas leer (tanto universalmente como parcialmente) tú mismo en el Mundo mayor y, viceversa, el Mundo mayor en ti mismo, para conservar la salud del cuerpo y expulsar los males. La FISICOQUIMICA es el arte de disolver químicamente por el método de la naturaleza, de purificar y de reunir convenientemente las cosas físicas; lo Universal (macrocósmicamente, la Piedra filosofal; microcósmicamente, las partes del cuerpo humano; y los particulares); TODAS LAS COSAS del globo inferior.”

¡Cuatro grabados simbólicos (y otros simplemente decorativos) ilustran este estilo “hexagonal” nacido antes de tiempo!

El médico Miguel Maier (1568-1622) estimó que los grafismos eran insuficientes y añadió música en su Atalanta Fugitiva o Nuevos Emblemas Químicos destinados a los ojos y a la inteligencia mediante grabados y explicaciones de estos últimos, destinados también a los oídos y a la recreación del espíritu mediante figuras musicales de tres voces [...]. Todo esto debiendo ser visto, leído, meditado y escuchado.

El texto de este tratado no tiene nada de original, pero sus cincuenta hermosos grabados constituyen una de las más espléndidas galerías alquímicas existentes. El autor fue médico de Rodolfo II, Emperador protector de pensadores y alquimistas. Miguel Maier, elevado a conde palatino por su soberano, formará parte del Consejo privado hasta la muerte del Emperador en 1612. Después de la desaparición de su protector, se dedicó a viajar, y a escribir; ¡quince libros en unos pocos años! En sus Canciones Intelectuales sobre la Resurrección del Fénix, resume todo el Arte Real en unos cuantos versos:

“En el Arte, como en la Trinidad divina, hay tres cosas muy distintas que se hallan unidas por un solo lazo, de tal forma que el fuego más violento no es capaz de separarlas. Estas tres cosas son el Cuerpo Paterno, el Lazo Filial y el Espíritu que, uniéndose a uno y otro, crea entre ellos una apacible consonancia, uniendo los metales de modo que ninguna violencia los puede separar.”

14/04/2008 GMT 5

LA TRANSMUTACIÓN MATERIAL Y ESPIRITUAL

demolay @ 23:52

transmutacion.jpgTextos de Lucien Gerardin

“El que estudia la ciencia debe, en primer lugar, amar a Dios y a los hombres, ser sobrio, desinteresado, rechazar la mentira, cualquier fraude, cualquier mala acción, cualquier sentimiento de envidia, ser, por último, un sincero y fiel hijo de la santa, consustancial y coeterna Trinidad. El que no posea estas hermosas cualidades, apreciadas por Dios, o no se esfuerce en poseerlas, se engañará a sí mismo; queriendo alcanzar las cosas inaccesibles, no hará más que perjudicarse a sí mismo.” Un alquimista griego del siglo IV de nuestra era, cuyo nombre desconocemos, nos ha legado estos preceptos. Los siglos posteriores los recogieron. Veamos dos ejemplos, entre muchos.

“Aquel a quien el secreto del arte le es dado por la gracia, es amado por Dios [...] Movidos por una avaricia tenaz y por amor al oro, algunos se esfuerzan en subir los grados del Magisterio, ignorando los principios del Arte”, señala en el siglo XIV, Ramón Llull (o, mejor dicho el discípulo que escribió el Codicille alchimique).


Pasemos a los años 1900 y abramos Le Grand Oeuvre de Grillot de Givry. En él, doce citas de alquimistas sirven de pretexto a doce cortas pero densas meditaciones. El autor está convencido de la realidad material de la alquimia; veamos cual es la clave:

“No obtendrás la Piedra filosofal hasta que no seas perfecto. Y nunca serás perfecto si buscas la Piedra por las riquezas que la acompañan. Así, cuando poseas la Piedra tendrás, fatalmente, por tu misma perfección, un soberano desprecio por las ventajas materiales que te prodigará”.

Estas condiciones morales exigidas a un investigador son lógicas. La ciencia positivista y abstracta del siglo XIX había creído su deber guardar en el rincón de los accesorios fuera de uso estas inútiles ideas medievales. El prodigioso desarrollo cuantitativo de la investigación que resultó de la Segunda Guerra Mundial muestra claramente que “Ciencia sin conciencia no es más que ruina del alma”. Bombas nucleares, armas balísticas, virus o gases mortales y armas cada día más perfeccionadas nos lo demuestran. Nos tranquilizamos cerrando los ojos y volviendo la cabeza hacia otro lado. Más valdría que osáramos mirar de frente y que nos decidiéramos a reemplazar estos esfuerzos de muerte, por investigaciones sobre la vida.

Algunos comentaristas modernos del pensamiento alquímico, sin haber comprendido el buen sentido de estas ideas, han creído que la exigencia de estas condiciones morales era lo esencial. Algunos han llegado a negar completamente la realidad física de la alquimia. Han tomado esta falsa dirección, al confundir alquimia con Arte Real. No es, pues, inútil decir unas pocas palabras sobre este último, a fin de aclarar el malentendido.

El Arte Real une de forma inextricable la transmutación física de los metales vulgares en oro y la transformación espiritual de los experimentadores en adeptos regenerados, reunidos con la Divinidad. Este extraño brote del viejo árbol alquímico surge en tierra germánica, en el siglo XVII. Quizá los orígenes sean más lejanos. En los sombríos monasterios de la Edad Media, había monjes que confundían lenguaje alquímico y dogmas religiosos. En este sentido, el siglo XV nos ha legado el Libro de la Aurora naciente y el Libro de la Muy Santa Trinidad. Sus autores anónimos habían leído en la Biblia este paralelismo entre la purificación de la plata por copelación y la resistencia de los malvados a corregirse:

El fuego es tan ardiente que quema el fuelle de la fragua,
El plomo desaparece por el fuego.
Pero en vano se purifica, se purifica;
Los malvados no se apartan.
Dícese ¿plata para echar a los escombros?
Yahvé echará a los malvados con los desperdicios.

Jeremías, VI, 29-30

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